Por: Isabel Monterroso.

Mi nombre es Isabel Monterroso Quezada. Tengo 24 años y soy una persona cristiana multicultural. Soy la hija mediana de Edgar y Rosa Monterroso, pastores guatemaltecos y ahora misioneros en España. Nací en la capital de Guatemala, rodeada de su bella cultura y sus maravillas naturales. Al cumplir 6 años de edad, nos trasladamos como familia a vivir durante un año a Chicago, ya que mi padre fue invitado a tener un intercambio ministerial en la iglesia Living Word, y a su vez para que todos aprendiéramos el idioma inglés, a excepción de mi madre que ya lo sabía.

Recuerdo perfectamente aquel ¡estupendo viaje! Fue la primera vez que conocía otra cultura totalmente diferente a la mía, con un idioma y lenguaje corporal completamente distinto al que estaba habituada. Empecé a tener amigos y amigas que no se parecían físicamente a mi. Todo era nuevo y divertido, era como estar disfrutando de unas largas vacaciones en Estados Unidos.

Recuerdo que pensaba que mi viaje a España sería como cuando fui a Chicago, que sería un tiempo corto y divertido. Sin embargo ese viaje ha durado 14 años.

Al regresar a Guatemala en el 2001, me dí cuenta que algo había cambiado. Pasaron algunos meses de ese mismo año, cuando mi padre junto con mi madre, recibieron de parte de Dios el llamado al campo misionero, y nuevamente como familia nos trasladamos a vivir a España el 21 de febrero del 2002. Yo tenía 9 años de edad cuando llegué a Madrid.

Mi primera impresión de este maravilloso país es que aunque se hablaba mi propio idioma, la cultura aparentemente similar a la guatemalteca, pero tan diferente a la vez y no se diga a la norteamericana.

Tuve que aprender la cultura de esta tierra extraña. Sus valores, su percepción de las cosas, sus expresiones, su lenguaje corporal, etc. En clase, era una de las primeras chicas latinoamericanas o extranjeras del grupo. Gracias a Dios no sufrí ningún tipo de bullying pero dentro de mí, siempre me sentía y aún me siento diferente al resto, aunque ya estoy totalmente integrada.

Poco a poco vi las ventajas y desventajas de mi realidad en éste país. Cuatro años después de nuestra llegada a Madrid, fui a un campamento juvenil para los hijos de misioneros, donde pude entender las ventajas de ser una persona multicultural y aceptar que esto forma parte de los rasgos de mi identidad. Se llamaba campamento CTC (Chicos de Tercera Cultura).

Asistí varios años a estos campamentos y cada vez me daba cuenta de mi valor como una persona cristiana y multicultural. Gracias a Dios, mis padres me enseñaron acerca de la Palabra de Dios y me inspiraron a vivirla y ponerla en práctica en cada área de mi vida. Dios les dio la sabiduría para crear una atmósfera en nuestro hogar donde yo me sentía segura, amada y aceptada. Eso me ayudó a no buscar fuera de casa, llenar esas necesidades. Eso no quiere decir que estaba aislada del resto, simplemente significa que me sentía completa y segura en Dios y en mi familia. Prácticamente éramos la única familia cristiana en mi colegio.

En mi adolescencia me sentía amada en casa pero incomprendida fuera de ella. Me sentía extraña fuera de mi hogar. Poco a poco me di cuenta de que no solo era diferente por ser multicultural, sino que era una joven que procuraba practicar el cristianismo y pertenecía a una cultura más fuerte, que rompía con los esquemas de la sociedad, pues la cultura del Reino de Dios abandera la justicia, la verdad, la honradez, la humildad, el amor, el servicio, el compromiso, la honestidad e integridad. Esa cultura del Reino que compartía con muchos otros cristianos, pero que era desconocida y muchas veces rechazada por la mayoría de los españoles.

Cuando me di cuenta de ésta realidad espiritual, sentí paz en mi mente, alma y espíritu. Pude aceptar, abrazar y amar esta cultura del Reino. Conforme la vida me daba nuevos retos en mi etapa de adolescente, veía como en Cristo iba obteniendo la victoria. Lo veía en mi día a día. Para mí era una forma de vida y no una religión. Mis compañeros y amigos no cristianos se daban cuenta que había algo en mí que me hacía diferente a cualquier otro adolescente. Obviamente pensaban que se trataba de “madurez”, pues no conocían a Jesús como Salvador y Señor, sólo conocían al Jesús de la religión, ajeno e incapaz de transformar vidas. Pero gracias a Dios tuve la oportunidad y bendición de hablarles de mi fe en Cristo a algunos de mis amigos.

Conforme maduraba espiritualmente y escuchaba la voz de Dios. Supe que el llamado que mis padres habían recibido de Dios de ser misioneros, no solo era para ellos, sino que también para mí. Tengo la seguridad que todo en ésta vida tiene un propósito y que no es una casualidad el hecho que mis dos hermanos y yo tengamos las llaves de entender la cultura latinoamericana, estadounidense y ahora la española.

Sea lo que sea y venga lo que venga, tenemos la fe de que todo lo hacemos, vivimos y decimos es para que el Reino de Dios venga y se propague por toda la tierra según lo que dice Mateo 6:10. Para ello se necesita que jóvenes que conocen, temen a Dios y seguros en su identidad en Cristo , valientes en amor, con la Palabra grabada en sus corazones lleven al mundo la MEJOR NOTICIA que existe a lo largo de la historia de la humanidad, que es ¡la esperanza de tener comunión eterna con nuestro Creador y Salvador, Cristo Jesús, Señor Nuestro!

Me fui a formar durante un año a Londres, en un Instituto Bíblico, y ahora estoy sirviendo medio tiempo en la iglesia Verbo en España y en la asociación humanitaria que hemos fundado, Apoyo Solidario. Tengo el anhelo de formarme como Consejera Cristiana para ayudar a las personas en general, pero especialmente a las mujeres que han sido maltratadas o utilizadas como un objeto sexual.

Me siento feliz de servir al Señor junto con mis padres y con mis hermanos, quienes también están tiempo completo sirviendo al Señor. Mi hermano Sebastián en Guatemala y mi hermana Sofía en Londres, a quienes honro y animo a seguir adelante.

Ánimo y bendiciones para todos.